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El valor específico del dinero

Tags Mercado FinancieroDinero y BancosHistoria de la Escuela Austriaca de EconomíaTeoría Monetaria

11/25/2009Ludwig von Mises

[Extraído de Human Action, Scholar's Edition, pp. 425–427.]

 

Mientras un bien que se use como dinero se valore y considere por los servicios que ofrece para fines no monetarios, no aparecen problemas que requieran un tratamiento especial. La tarea de la teoría monetaria consiste simplemente en ocuparse de ese componente de la valoración del dinero que viene condicionado por su función como medio de intercambio.

En el curso de la historia se han empleado diversos productos como medio de intercambio. Una larga evolución eliminó la mayor parte de estos productos de la función monetaria. Sólo quedaron dos, los metales preciosos oro y plata. En la segunda mitad del siglo XIX, cada vez más gobiernos optaron por la desmonetización de la plata.

En todos estos casos lo que se emplea como moneda es un producto que también se usa para fines no monetarios. Bajo el patrón oro, el oro es dinero y el dinero es oro. Es indiferente si las leyes asignan curso legal sólo a monedas de oro acuñadas por el gobierno.

Lo que importa es que esas monedas realmente contengan un peso fijo de oro y que cualquier cantidad de oro en bruto pueda transformarse libremente en moneda. Bajo el patrón oro, el dólar y la libra esterlina solamente eran nombre para un peso concreto de oro, con muy pequeños márgenes determinados con precisión por las leyes. Podríamos llamar a este tipo de dinero, dinero producto.

Un segundo tipo de dinero es el dinero crédito. El dinero crédito aparece por el uso de sustitutivos del dinero. Es habitual usar pagarés, reclamables a la vista y absolutamente seguros como sustitutos de la suma de dinero de la que se tiene una reclamación. (Nos ocuparemos de las características y problemas de los sustitutivos del dinero en la próxima sección).

El mercado no dejará de usar esos pagarés si un día se suspende su redención inmediata y por tanto aparezcan dudas acerca de su solvencia y la del obligado a pagar. Mientras estos pagarés hayan sido deudas que se reclaman diariamente a un deudor de solvencia indudable y puedan ser acumulados sin aviso y libres de gastos, su valor de intercambio será igual que su nominal: es su perfecta equivalencia lo que les asigna su carácter de sustitutivos del dinero.

Ahora bien, si se suspende la redención, se pospone la fecha de reclamación a un día indeterminado y consecuentemente se duda de la solvencia del deudor o al menos de su deseo de pagar, pierden parte del valor anteriormente asociado a ellos. Ahora son meros pagarés, que no dan interés, contra un deudor dudoso y que vencerán en un día indefinido. Pero como se usaron como medio de intercambio, su valor de intercambio no bajará hasta el nivel al que habrían caído si fueran simples pagarés.

Podemos asumir correctamente que ese dinero crédito podría mantenerse en uso como medio de intercambio incluso si hubiera perdido su carácter de reclamación contra un banco o tesoro y así se convertiría en dinero fiduciario. El dinero fiduciario es un dinero consistente en simples piezas de metal que no pueden ser usadas ni para fines industriales ni conllevan ninguna reclamación ante nadie.

No es una labor de la cataláctica, sino de la historia económica investigar si aparecieron en el pasado tipos de dinero fiduciario o si todos los tipos de dinero que no fueron dinero producto fueron dinero crédito. Lo único que tiene que establecer la cataláctica es que debe admitirse la posibilidad de existencia de dinero fiduciario.

Lo que es importante recordar es que con todo tipo de dinero, la desmonetización (es decir, el abandono de su uso como medio de intercambio) debe producir una caída importante en su valor de intercambio. Lo que esto significa en la práctica se ha puesto de manifiesto cuando en los últimos ocho años el uso de la plata como moneda producto se ha ido restringiendo progresivamente.

Hay ejemplos de dinero crédito y dinero fiduciario que se manifiestan en monedas metálicas. Ese dinero se imprime, como si fuera tal, en plata, níquel o cobre. Si se desmonetiza esa pieza de dinero fiduciario, sigue teniendo valor de intercambio como pieza de metal. Pero ésa es la única muy pequeña indemnización para el propietario. No tiene importancia práctica.

El mantenimiento de dinero en efectivo requiere sacrificios. Mientras un hombre mantiene dinero en su bolsillo o en sus cuentas bancarias, renuncia a la adquisición instantánea de bienes que podría consumir o emplear para producir.

En la economía de mercado estos sacrificios pueden determinarse con precisión mediante el cálculo. Son iguales a la cantidad del interés originario que podrían haber obtenido invirtiendo la suma. El hecho de que un hombre acepte esta pérdida es una prueba de que prefiere las ventajas del efectivo a la pérdida de un interés.

Es posible especificar las ventajas que la gente espera de mantener una cantidad concreta de efectivo. Pero es un error suponer que un análisis de estos motivos podría ofrecernos una teoría de la determinación del poder de compra que podría hacerse sin las nociones de efectivo y demanda y oferta de dinero.1

Las ventajas y desventajas derivadas del efectivo no son factores objetivos que puedan influenciar directamente el tamaño de las existencias de dinero. Cada individuo las pone en la balanza y las sopesa. El resultado es un juicio de valor subjetivo, influenciado por la personalidad individual. Distintas personas y las mismas personas en distintos momentos valoran los mismos hechos objetivos de formas diferentes.

Igual que el conocimiento de la salud y la condición física de un hombre no nos dice cuánto estaría dispuesto a gastar en comida de un cierto poder nutritivo, el conocimiento de datos acerca de la situación material de un hombre no nos permite hacer afirmaciones categóricas en relación con el volumen de su efectivo.

Este artículo está extraído de La acción humana.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe.

  • 1. Greidanus intentó hacerlo en The Value of Money [El valor del dinero] (Londres, 1932), pp. 197 y ss.
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