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El mundo de la política exterior está desordenado

Tags Economía Global

10/27/2017David Gordon

[Extraído de The Austrian 3, nº 5 (2017): 12-14]

[A World in Disarray: American Foreign Policy and the Crisis of the Old Order · Richard Haass · Penguin Press, 2017]

Richard Haass es un profesional de la política exterior con grandes conocimientos y experiencia. Ha servido como director del área de planificación política del Departamento de Estado y durante los últimos 14 años ha sido presidente del Consejo de Relaciones Exteriores. Nadie que lea su libro puede dudar acerca del gran conocimiento de los asuntos exteriores por parte del autor, pero desgraciadamente le falta un marco claro de análisis. Como consecuencia, ofrece consejos confusos y contradictorios. No puede aclarar su mente y acaba vacilando, abrumado por la gran complejidad de la política exterior. Entre una opción entre A y no-A, Haass quiere demasiado a menudo elegir ambas.

Haass es muy consciente de que las acciones agresivas a menudo empeorar las cosas. Cuando escribo esto, la preocupación por los misiles nucleares de Corea del Norte domina las noticias y abundan las llamadas a un ataque preventivo contra el país. Haass señala que el problema es de larga duración y señala los peligros de la prevención que aparecieron en una ocasión anterior: “Existía la fuerte posibilidad de que un ataque como ese pudiera llevar a una guerra en la península, algo a lo que se oponían muchísimo los dos aliados de EEUU que habrían sufrido el ataque en cualquier represalia militar norcoreana, es decir, Corea del sur y Japón. Una guerra así habría requerido una costosa respuesta militar de EEUU, dados los compromisos de las alianzas de EEUU y las capacidades militares norcoreanas”.

Aplicando esta necesaria nota de advertencia para la presente crisis, Haass presenta un alegato concluyente contra un ataque preventivo: “Primero, un ataque así se basaría necesariamente en información incompleta y posiblemente inexacta: el caso de los ‘WMD’ iraquíes es en este caso una advertencia. Segundo, es imposible suponer que cualquier ataque preventivo lograra en realidad lo que pretende hacer, ya que los sistemas están cada vez mejor escondidos y protegidos. Tercero, un ataque preventivo sería una acción de guerra, que es probable que genere una respuesta de represalia”.

¿Es irracional para Corea del norte rechazar detener su programa nuclear? Aunque no aplica esto a la crisis coreana, Haass ofrece un paralelismo sugestivo: “El derrocamiento de Gadafi también envió el desgraciado mensaje de que renunciar a las armas nucleares podría ser peligroso para tu salud política. En cuestión de meses, el líder libio paso de ser el ejemplo favorito de responsabilidad en el ámbito de la proliferación a ser un criminal de guerra”.

Hasta aquí, bien. Haass es plenamente consciente de los riesgos de la intervención. Sin embargo, lamenta que el presidente Clinton en la década de 1990 eligiera negociar en lugar de atacar. “Se permitió pasar el momento de un ataque militar preventivo que podría haber destruido buena parte la capacidad nuclear existente de Corea del Norte”. ¿Qué pasa con los costes de intervención, tan correctamente presentados por Haass en la página anterior? ¿Por qué las ganancias de la intervención habrían sido superiores a aquellos? Haass nos deja a ciegas.

Usa el mismo patrón en otros sitios. Hablando de la Guerra Irak de 2003, Haass dice: “El motivo que atrapó más la imaginación de las altas esferas de la administración de George W. Bush fue, sin embargo, la creencia de que un Irak después de Sadam se convertiría en democrático, estableciendo un ejemplo y un precedente que otros estados árabes e Irán tendrían grandes dificultades en resistir. La vía para un Oriente Medio transformado, se creía generalizadamente, pasaba por Bagdad”.

Después de informarnos de que no compartía esta opinión, Haass señala: “Contrariamente a lo que se esperaba, la democracia sufrió un gran revés en toda la región al asociarse el ideal de democracia con el caos a los ojos de muchos en el mundo árabe. (…) Irán, recuperado desde hacía mucho de su guerra de una década contra Irak y ya no atada de manos y mucho menos sujeta por un régimen árabe hostil, fue en muchos sentidos el principal beneficiado estratégico de la guerra, ya que fue liberada para promover los intereses del estado iraní y las poblaciones chiíes. La guerra en Irak de 2003 violó todo tipo de nociones estratégicas, empezando por el juramento hipocrático: En primer lugar, no hacer daño”.

¿No tenemos aquí un excelente argumento a favor de la política tradicional estadounidense de no intervención, tan adecuadamente expuesta por Ron Paul? Las consecuencias de la intervención casi siempre fracasan en lograr sus objetivos y al evitar entrar en batallas estériles al menos evitamos empeorar la situación mediante acciones mal pensadas.

Por desgracia, Haass no se queda contento con esa idea. Apoya con entusiasmo la Guerra del Golfo de 1990 contra Irak, aunque acabara llevando después al desastre de 2003 que condena correctamente. Más en General, nos dice: “La lección a deducir no es que actuar sea siempre correcto (en el caso de la guerra en Irak de 2003, por señalar solo un ejemplo, indudablemente no lo fue), sino más bien que no actuar puede tener en todo caso tantas consecuencias como actuar y, como consecuencia, ha de examinarse con el mismo rigor”.

No está claro cómo podría Haass estar en disposición de saber que su conclusión es verdadera. Si, como dice, “toda acción que se examina siempre tiene inconvenientes [y] la esperanza de que ociones imperfectas sean menos imperfectas con el paso del tiempo es casi siempre ilusoria”, ¿por qué tiene tanta confianza en que a veces puede defenderse una costosa intervención en el exterior?

El mismo patrón de seleccionar ambas alternativas de un conflicto se presenta a un nivel más general. Haass compara una aproximación wilsoniana a los asuntos internacionales, ante la que es correctamente escéptico, con una aproximación realista respetuosa con la soberanía nacional. La visión wilsoniana “a menudo hace de la modelación de las condiciones internas o la naturaleza de otras sociedades el objetivo principal de lo que este país debería hacer en el mundo. El propósito puede ser promover los derechos humanos o la democracia o impedir sufrimiento humano”.

Haass somete a una crítica devastadora la idea de que Estados Unidos tendría que extender la democracia por todo el mundo. “Un problema, sin embargo, es que llevar la democracia a todas partes es más fácil de decir que de hacer. (…) Relacionado muy de cerca con este argumento está el que los forasteros están normalmente limitados en lo que pueden hacer para afectar a las perspectivas democráticas. (…) Como hemos visto demasiado a menudo últimamente en Oriente Medio, la alternativa a un sistema político defectuoso puede ser un sistema político todavía más defectuoso (…) Las democracias incompletas o, como las llama Fareed Zakaria ‘iliberales’, pueden ser peligrosas tanto para aquellos que viven en el país como para otros”.

Dado este ataque a los wilsonianos, cabría esperar que Haass estuviera a favor de un sano respeto por la soberanía nacional: tendríamos que evitar interferir en los asuntos de otras naciones. Pero, como siempre, cuando amenaza del fantasma de la no intervención, Haass entra en pánico. La política “realista” que apoya no puede en realidad distinguirse de la wilsoniana que rechaza. En lugar del tradicional respeto por la soberanía nacional, Haass escribe: “Estoy sugiriendo algo esencialmente diferente, la necesidad de desarrollar y obtener apoyo para una definición de la legitimidad no solo de los derechos, sino también de las obligaciones de los estados soberanos con respecto a otros gobiernos y países. El mundo es demasiado pequeño y demasiado conectado por fronteras como para proporcionar cobertura para actividades que por definición pueden afectar negativamente a quienes viven fuera de esas fronteras. Llamo a este concepto ‘obligación soberana’”.

Haass reconoce que su aproximación no entra completamente en la tradición realista, sino que simplemente se superpone a esta ,y pronto deja entender que la obligación soberana permite una intervención casi ilimitada. Aprendemos, por ejemplo, que cuando afecta al “cambio climático, (…) in extremis, podrían hacer falta multas, incluyendo sanciones, a presentar contra gobiernos que actúen irresponsablemente”. Asimismo, Estados Unidos debe formular sus políticas económicas consultando a otras naciones, teniendo en cuenta sus necesidades. Los derechos humanos y la regulación del ciberespacio también podrían requerir límites a la soberanía. ¡Y todo esto se supone que es una alternativa a las tesis wilsonianas!

¿Por qué este profesional con experiencia, tan consciente de los problemas del intervencionismo, demuestra ser incapaz de alejarse de este? Una pista sobre la respuesta se encuentra en el título de este libro. Para Haass, el mundo está en “desorden”. Durante la Guerra Fría, prevalecía un orden internacional, aunque estuviera basado en la disuasión nuclear mutua entre EEUU y los soviéticos, pero ahora el mundo es caótico. Estados Unidos no debería limitar estrictamente sus objetivos a la defensa contra el ataque directo. Por contrario, nuestra responsabilidad es crear un nuevo sistema internacional. No es una sorpresa que el jefe del Consejo de Relaciones Internacionales, una organización fundada en 1921 para hacer propaganda contra el “aislacionismo”, deba adoptar este punto de vista. Quienes no queremos “ocupar mentes atolondradas con batallas exteriores” rehuiremos la “obligación soberana” y en su lugar apoyaremos la no intervención.

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Gordon, David, Review of "A World in Disarray: American Foreign Policy and the Crisis of the Old Order," by Richard Haass, The Austrian 3, no. 5 (2017): 12–14.

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